En mayo, en carajás, es el mes de la yuca. Es también el mes de los rituales, de los rojos soles, de la áspera lluvia y de los convoyes eternos. En mayo fue el día del entierro, del no regreso, de la brutalidad. Llegamos a la sierra como extraños, simulando nuestra misión por tres días, apelando a la confianza de la tribu. Para esto, Danielo, quien hablaba Carayá colgó en la provisional tienda de palma del batallón. “Estaremos por tres días explorando los yacimientos, fuera de esto, no hay nada más de su interés”. Mientras tanto, la población nativa, desconectada, veía con extrañeza nuestros uniformes verdes, que salían por la mañana para después desaparecer, hasta la caída de la luz. Pasaban las horas con supuesta cotidianidad, el cementerio local, caracterizado por su luminosidad, recibía sus cuidados; en la tarde, los pobladores se sentaban a comer juntos, para después, salir a la caza de dantas. En la noche, se tejían las cestas que serían llevadas a las grandes ciudades, pobladas por el mar. Pero en el tercer día, por orden mayor, el letrero cambió. Ahora se leía “Decreto de la fuerza armada brasileña. Aquellos hombres y mujeres mayores a 50 años tendrán que presentarse dentro de las siguientes veinticuatro horas a la casa de Palma, para después ser trasladados a Belém. Aquellos pobladores menores al índice de edad mencionado tendrán que trasladarse al cementerio local y empezar a trabajar en la profanación de las tumbas actuales para en su lugar sembrar yuca”.
——Pasamos un día en los yacimientos, bajo la humedad sofocante, tomando muestras de piedras, para cuando así pasaran los 3 días, llevarlos a ser analizados en Brasilia. La misión resultaba rara para unos militares, pero era necesario que fuese así, pues en algún momento la fuerza debería ser usada para dispersar a los indígenas, tomar sus tierras y nombrarlas territorio del Gobierno federal. El primer día todo resultó ordinario, fuimos al yacimiento, regresamos a la tienda, comimos y dormimos. Pero en el segundo, se presentó un amplio malestar. Fue entonces que Renato Gil Oliveira, el general, se alzó y nos convenció de su plan. Él pretendía hacer una comunidad lejana, donde no existiese la muerte, y para eso era necesario aniquilar cualquier vestigio de esta. lo seguimos, pues nos convenció que nuestra labor era un bien para el pueblo, mientras que si seguíamos las instrucciones de los yacimientos estaríamos traicionando a nuestra gente. Nos habló también de Alacid Nunes, el alcalde, nos dijo que era un hombre despótico, centrado en sí mismo, y que no nos daría el reconocimiento de la misión, ni nos daría, al menos, una retribución económica. Para confirmarlo, nos dijo que ayer se reunió con él, y que vivía en la excentricidad: el palacio gozaba con todos los lujos mientras nosotros no teníamos nada, e incluso, a él lo trató con sumo desprecio. Si seguíamos al alcalde, solo nos quedaría la injuria, en cambio, si seguíamos a Renato, nos quedaría el lujo manifiesto de los días embellecidos por la vitalidad. La decisión era clara.
——Al regresar, la casa de palma estaba vacía, y en el cementerio, las tumbas se mantenían intactas, nadie nos había tomado en serio. Es así como el general, Renato Gil Oliveira, con un total desprecio, dispuso lo siguiente: La guardia militar de veinte hombres se habría de dividir en grupos de dos, de los cuales el primero tendría la misión de llevar a todas las personas con rasgos de mediana vejez al río próximo, y ahí, dada su negación, fusilarlos y tirar sus cuerpos al agua, para que estos, anónimos al estado brasileiro, nunca fueran hallados. El otro grupo, a punta metralla, debería trasladar a la demás población al cementerio y asignarle a cada uno de los indígenas un saco semillas de yuca, el cuál debería de estar vacío para el final del día. En caso de que esto no fuera así, deberían recibir una marca con un látigo de cuero, quien acumulase dos, sería fusilado y llevado al río. La instrucción, aunque era evidentemente despiadada, resultaba necesaria, pues ellos se habían opuesto a nuestra buena voluntad. Por eso, hicimos lo dicho.
——De la población exterminada por su edad no se supo más en la región, pero algún sobreviviente del segundo grupo diría, que, en esos días, como un murmullo lejano, se alcanzaba a percibir el infinito estallar de los cohetes.
——El grupo militar que se quedó en el asentamiento se estableció en la casa de los hombres y cada uno de los diez tomó para sí mismo una máscara sagrada. Con esta salían todo el día mientras vigilaban a los carajás. Danielo les decía “No teman, pues esto es para el bien común. La vida es el sueño eterno, y el único estorbo, es la muerte. Para alcanzar la virtud del alma, debemos superar la adversidad”.
——Dos días duraron las misiones, en los cuáles el coronel se encerró a fumar y rezar con un crucifijo que había rescatado del día de la muerte de su madre. A su mente vino su Papá, Sebastião Gil, quien contaba con una empresa naviera dedicada a dar mantenimiento a los buques mercantes, incluidos los de la Armada Imperial. También llegó a su memoria su madre, Silvia Oliveira, quien era hija de unos hacendados paulistas, favorecidos por el pacto del café con leche. Pero una mañana, en la cual su padre se disponía a hacer una cotidiana revisión, este sufrió el ataque armado de unos revolucionarios alineados con los objetivos de Getulio Vargas. Tras ello, su madre y él huyeron a Sao Paulo, y después de un año funesto, la señora Oliveira se ahorcó en su cuarto. Fue la pérdida de sus padres el motivo que llevó a Renato a entrar a la armada, pues él, desde un inicio, era muy viejo para la vida. Pero esa situación —pensó— sería revertida ahora, ya que no haría sino desobedecer al alcalde.
——Pero en la última noche, una ráfaga roja se alcanzó a percibir por todo el asentamiento.
——En junio en Carajás, es el mes del fuego, es también el mes de las balas, del humo y los sollozos; Es el mes de las antorchas, de los corazones calcinados, de los cuerpos perforados; de los ríos putrefactos, de los muertos exhumados, de los pasos sofocados. Es el mes de las máscaras, de las ruinas, de las colillas mojadas; Es la noche de la revuelta, de los planes inacabados, de la hostilidad del revólver. En junio, en Carajás, al día tres de las doce de la noche con cincuenta y siete minutos, después de ver a sus diecinueve hombres muertos, rodeado por el fuego, el general Gil recibió un disparo en el pecho. Solo Danielo llegó a Belém, y recuperó el Diario del general.
——Del asentamiento original, después de expediciones dirigidas para medir el nivel de destrucción, se vio que el cementerio quedó destruido, las máscaras sagradas rotas y la casa de los hombres, así como las viviendas regulares, calcinadas. Mientras un grupo fue a los yacimientos a seguir las misiones de reconocimiento respecto a los minerales, ahora dirigidos por el mismo alcalde, otro grupo siguió el cauce del río, y encontró cincuenta y ocho cuerpos en avanzado estado de putrefacción, los cuáles fueron enterrados en una fosa común creada en Belém. Se estima que, de los ciento treinta pobladores originales, solo quedan cuarenta y tres vivos.
——Se dice que el señor Alacid Nunes dio la orden de no revelar el destino de los pobladores, y más bien, organizó una fiesta con grandes consorcios nacionales e internacionales para celebrar la abundancia de su territorio. Pero esto, no lo puedo saber con precisión.
——Respecto al General Renato Gil Oliveira, su información fue sacada de los archivos militares, y cualquier prueba de su existencia, salvo este relato, fue quemada.
——Sobre mí, Danielo, no hay mucho que decir. Empecé esta expedición por afán del alcalde, pues sabía de la lengua y de la región, al haber hecho mis prácticas militares ahí. Pensé que sería benéfico explotar los yacimientos, pero fue la angustia y desesperación de Renato quienes me convencieron de seguirle. Por mis conocimientos, fui nombrado asistente del general, pero tras ver la inutilidad y la destrucción que provocó nuestro errático actuar, me dispuse a asesinarlo. Entré a su tienda de palma, estaba agachado con los ojos cerrados, sosteniendo en sus temblorosas manos un crucifijo antiguo de madera. Me acerqué por la espalda, y sin que me notara, con un revólver que guardaba en mi bolsillo, lo maté. Después agarré una libreta puesta en la mesa la cual le pertenecía, misma que fue usada, más tarde, para escribir este relato. Tras el homicidio, hui a Belém para notificar lo sucedido. Al hablar con el señor Nunes, este me nombró líder de la expedición de regreso, para ratificar la explotación de los yacimientos, y a su vez, hacer una misión de reconocimiento en el asentamiento. Después de esto, el ayuntamiento local me creó un expediente donde se me cataloga como un enfermo mental y así fui encerrado en un hospital psiquiátrico.
——Tengo un amado hijo y una hermosa esposa, a quienes, por mi fracaso, jamás volveré a ver.
——Dilma, amor, si alguna vez lees esto, recuerda mi locura.
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En mayo, en carajás, es el mes de la yuca. Es también el mes de los rituales, de los rojos soles, de la áspera lluvia y de los convoyes eternos. En mayo fue el día del entierro, del no regreso, de la brutalidad. Llegamos a la sierra como extraños, simulando nuestra misión por tres días, apelando a la confianza de la tribu. Para esto, Danielo, quien hablaba Carayá colgó en la provisional tienda de palma del batallón. “Estaremos por tres días explorando los yacimientos, fuera de esto, no hay nada más de su interés”. Mientras tanto, la población nativa, desconectada, veía con extrañeza nuestros uniformes verdes, que salían por la mañana para después desaparecer, hasta la caída de la luz. Pasaban las horas con supuesta cotidianidad, el cementerio local, caracterizado por su luminosidad, recibía sus cuidados; en la tarde, los pobladores se sentaban a comer juntos, para después, salir a la caza de dantas. En la noche, se tejían las cestas que serían llevadas a las grandes ciudades, pobladas por el mar. Pero en el tercer día, por orden mayor, el letrero cambió. Ahora se leía “Decreto de la fuerza armada brasileña. Aquellos hombres y mujeres mayores a 50 años tendrán que presentarse dentro de las siguientes veinticuatro horas a la casa de Palma, para después ser trasladados a Belém. Aquellos pobladores menores al índice de edad mencionado tendrán que trasladarse al cementerio local y empezar a trabajar en la profanación de las tumbas actuales para en su lugar sembrar yuca”.
——Pasamos un día en los yacimientos, bajo la humedad sofocante, tomando muestras de piedras, para cuando así pasaran los 3 días, llevarlos a ser analizados en Brasilia. La misión resultaba rara para unos militares, pero era necesario que fuese así, pues en algún momento la fuerza debería ser usada para dispersar a los indígenas, tomar sus tierras y nombrarlas territorio del Gobierno federal. El primer día todo resultó ordinario, fuimos al yacimiento, regresamos a la tienda, comimos y dormimos. Pero en el segundo, se presentó un amplio malestar. Fue entonces que Renato Gil Oliveira, el general, se alzó y nos convenció de su plan. Él pretendía hacer una comunidad lejana, donde no existiese la muerte, y para eso era necesario aniquilar cualquier vestigio de esta. lo seguimos, pues nos convenció que nuestra labor era un bien para el pueblo, mientras que si seguíamos las instrucciones de los yacimientos estaríamos traicionando a nuestra gente. Nos habló también de Alacid Nunes, el alcalde, nos dijo que era un hombre despótico, centrado en sí mismo, y que no nos daría el reconocimiento de la misión, ni nos daría, al menos, una retribución económica. Para confirmarlo, nos dijo que ayer se reunió con él, y que vivía en la excentricidad: el palacio gozaba con todos los lujos mientras nosotros no teníamos nada, e incluso, a él lo trató con sumo desprecio. Si seguíamos al alcalde, solo nos quedaría la injuria, en cambio, si seguíamos a Renato, nos quedaría el lujo manifiesto de los días embellecidos por la vitalidad. La decisión era clara.
——Al regresar, la casa de palma estaba vacía, y en el cementerio, las tumbas se mantenían intactas, nadie nos había tomado en serio. Es así como el general, Renato Gil Oliveira, con un total desprecio, dispuso lo siguiente: La guardia militar de veinte hombres se habría de dividir en grupos de dos, de los cuales el primero tendría la misión de llevar a todas las personas con rasgos de mediana vejez al río próximo, y ahí, dada su negación, fusilarlos y tirar sus cuerpos al agua, para que estos, anónimos al estado brasileiro, nunca fueran hallados. El otro grupo, a punta metralla, debería trasladar a la demás población al cementerio y asignarle a cada uno de los indígenas un saco semillas de yuca, el cuál debería de estar vacío para el final del día. En caso de que esto no fuera así, deberían recibir una marca con un látigo de cuero, quien acumulase dos, sería fusilado y llevado al río. La instrucción, aunque era evidentemente despiadada, resultaba necesaria, pues ellos se habían opuesto a nuestra buena voluntad. Por eso, hicimos lo dicho.
——De la población exterminada por su edad no se supo más en la región, pero algún sobreviviente del segundo grupo diría, que, en esos días, como un murmullo lejano, se alcanzaba a percibir el infinito estallar de los cohetes.
——El grupo militar que se quedó en el asentamiento se estableció en la casa de los hombres y cada uno de los diez tomó para sí mismo una máscara sagrada. Con esta salían todo el día mientras vigilaban a los carajás. Danielo les decía “No teman, pues esto es para el bien común. La vida es el sueño eterno, y el único estorbo, es la muerte. Para alcanzar la virtud del alma, debemos superar la adversidad”.
——Dos días duraron las misiones, en los cuáles el coronel se encerró a fumar y rezar con un crucifijo que había rescatado del día de la muerte de su madre. A su mente vino su Papá, Sebastião Gil, quien contaba con una empresa naviera dedicada a dar mantenimiento a los buques mercantes, incluidos los de la Armada Imperial. También llegó a su memoria su madre, Silvia Oliveira, quien era hija de unos hacendados paulistas, favorecidos por el pacto del café con leche. Pero una mañana, en la cual su padre se disponía a hacer una cotidiana revisión, este sufrió el ataque armado de unos revolucionarios alineados con los objetivos de Getulio Vargas. Tras ello, su madre y él huyeron a Sao Paulo, y después de un año funesto, la señora Oliveira se ahorcó en su cuarto. Fue la pérdida de sus padres el motivo que llevó a Renato a entrar a la armada, pues él, desde un inicio, era muy viejo para la vida. Pero esa situación —pensó— sería revertida ahora, ya que no haría sino desobedecer al alcalde.
——Pero en la última noche, una ráfaga roja se alcanzó a percibir por todo el asentamiento.
——En junio en Carajás, es el mes del fuego, es también el mes de las balas, del humo y los sollozos; Es el mes de las antorchas, de los corazones calcinados, de los cuerpos perforados; de los ríos putrefactos, de los muertos exhumados, de los pasos sofocados. Es el mes de las máscaras, de las ruinas, de las colillas mojadas; Es la noche de la revuelta, de los planes inacabados, de la hostilidad del revólver. En junio, en Carajás, al día tres de las doce de la noche con cincuenta y siete minutos, después de ver a sus diecinueve hombres muertos, rodeado por el fuego, el general Gil recibió un disparo en el pecho. Solo Danielo llegó a Belém, y recuperó el Diario del general.
——Del asentamiento original, después de expediciones dirigidas para medir el nivel de destrucción, se vio que el cementerio quedó destruido, las máscaras sagradas rotas y la casa de los hombres, así como las viviendas regulares, calcinadas. Mientras un grupo fue a los yacimientos a seguir las misiones de reconocimiento respecto a los minerales, ahora dirigidos por el mismo alcalde, otro grupo siguió el cauce del río, y encontró cincuenta y ocho cuerpos en avanzado estado de putrefacción, los cuáles fueron enterrados en una fosa común creada en Belém. Se estima que, de los ciento treinta pobladores originales, solo quedan cuarenta y tres vivos.
——Se dice que el señor Alacid Nunes dio la orden de no revelar el destino de los pobladores, y más bien, organizó una fiesta con grandes consorcios nacionales e internacionales para celebrar la abundancia de su territorio. Pero esto, no lo puedo saber con precisión.
——Respecto al General Renato Gil Oliveira, su información fue sacada de los archivos militares, y cualquier prueba de su existencia, salvo este relato, fue quemada.
——Sobre mí, Danielo, no hay mucho que decir. Empecé esta expedición por afán del alcalde, pues sabía de la lengua y de la región, al haber hecho mis prácticas militares ahí. Pensé que sería benéfico explotar los yacimientos, pero fue la angustia y desesperación de Renato quienes me convencieron de seguirle. Por mis conocimientos, fui nombrado asistente del general, pero tras ver la inutilidad y la destrucción que provocó nuestro errático actuar, me dispuse a asesinarlo. Entré a su tienda de palma, estaba agachado con los ojos cerrados, sosteniendo en sus temblorosas manos un crucifijo antiguo de madera. Me acerqué por la espalda, y sin que me notara, con un revólver que guardaba en mi bolsillo, lo maté. Después agarré una libreta puesta en la mesa la cual le pertenecía, misma que fue usada, más tarde, para escribir este relato. Tras el homicidio, hui a Belém para notificar lo sucedido. Al hablar con el señor Nunes, este me nombró líder de la expedición de regreso, para ratificar la explotación de los yacimientos, y a su vez, hacer una misión de reconocimiento en el asentamiento. Después de esto, el ayuntamiento local me creó un expediente donde se me cataloga como un enfermo mental y así fui encerrado en un hospital psiquiátrico.
——Tengo un amado hijo y una hermosa esposa, a quienes, por mi fracaso, jamás volveré a ver.
——Dilma, amor, si alguna vez lees esto, recuerda mi locura.
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Sin título. J. T. Curz, 2025.
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