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A José Agustín

 

———Ya te dije que le hables —le repito por cuarta vez.

———¿Para qué? ¿Para que me mande por un tubo? No muchas gracias, suficientes tonterías tengo para cargarme más —rezonga.

———¿Cuál es el miedo? —cuestiono observando ya una obstinación excesiva, una necedad enferma. —¿Qué es lo peor que te puede decir? ¿Que no? Te buscas otra chavita y ya, listo. 

———No es tan sencillo como crees —bebe un trago: bacardí y soda. 

———Sí, lo es. Chavos más tontos que tú han salido con ella; no te menosprecies. Cuántas veces no lo he hecho yo con muchas chavitas, y mira: al mil, mi buen.

———Tú eres tú, yo soy yo. Y soy… soy alguien que no vale la pena —cada vez noto más ese desprecio por él mismo, como un odio dentro de sí que no se decide a soltar. 

———¿Quién te dice eso?

———Todos, prácticamente desde el día de mi nacimiento. Desde que tengo memoria, al menos. No he conocido a nadie que no piense así de mí: que no valgo ni un centavo —toma su bebida y se aleja de la multitud. Le miro extraño, lleva ya una semana en ese plan: saltándose clases para fumar yerbabuena frente a la preparatoria, llegando a su casa tarde completamente ebrio luego de una reunión tranquila en la que se afanó por descontrolarse, o despotricando cosa y media afuera de los salones de baile, negándose a interactuar con las chavitas como con los demás, a bailar rock and roll, comportándose como un necio, un viejo decrépito y remiso que, pareciera, no entiende qué onda con nuestra onda. Y no lo entiendo, antes no era así.

——La vida de Juan cambió drásticamente el veinticinco de octubre del año pasado. Su padre se separó de su madre. Fue algo que lo conmocionó mucho, demasiado tal vez. No estábamos acostumbrados a cosas así. Habíamos escuchado que el papá de fulanito o menganito engañaba a su esposa con alguna otra mujer, alguna secretaria jóven, algo por el estilo; o que tenía otra familia en algún barrio bajo de la ciudad, que se iba luego a viajes de trabajo y realmente visitaba a su esposa e hijos en algún otro estado de provincia. Pero que tuviese el viejo el descaro de abandonar a su mujer y a su hijo por otra, no era algo de todos los días, todos los meses o todos los años. 

——Creo que muchos no estaban preparados aún para ello. Creían todavía en el amor romántico de los boleros de Agustín Lara.  Que solamente una vez amarían en la vida, que esperarían con fervor bajo las luces del farolito a la bien amada asomarse por la ventana para darle un pedazo de su corazón. Algo por el estilo. Debieron entender, tal vez, que los tiempos estaban y están cambiando. 

——Desde aquel día, Juan no fue el mismo. Adiós a las chamacas de secundaria, a andar con La Plaga, Pólvora o la Hiedra Venenosa. Nunca salía con nosotros, todo el tiempo encerrado en su habitación, escuchando a John Coltrane y Miles Davies en su tocadiscos, y leyendo a rusos y franceses viejos y muertos: desde un tal Dostoievsky a un tal Flaubert, y no sé qué tanta cosa y media. 

——Y sí, lo entiendo. No es para nada sufrir una decepción así, lo sé. No tengo experiencia en el tema. Con trabajo mi familia está unida, todas las mañanas hay discusiones por culpa de alguno de los animales de mis hermanos, y es bien sabido por medio Distrito Federal que mi papá tiene a otra mujer en Hidalgo, pero para lo que me ha llegado a importar. Eso es nada. Soy chavo, caray, y tengo harta vida por delante. Años y años. Y si bien no soy un ignorante ni mucho menos, tampoco pienso quedarme en los tabicotes que cargan bajo su brazo los maestros o los acetatos de Los Panchos y Pedro Infante en la sala de estar. No, hay más. 

——Somos chavos en onda, chavos que quieren vivir. No como nuestros padres, dándose de golpes en el hecho y persignándose al derecho y al revés y al revés y al derecho, ni pegado a la cocina ni al escritorio. Para nada. Es la edad de la rebeldía, del rock. De salir con los cuates en uno que otro coche prestado para sacar a las chavitas a bailar. De escuchar a todo volumen a los grandes entre los grandes: a los Beatles, los Rolling, los Doors, y hasta a los nacionales: a César Costa, Enrique Guzmán, Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo, Alberto Vázquez y, total, hasta a Angélica María. Es la época en que se habla de los nuevos: de José, de Parme, de Sainz. Este es el grito de la juventud, una juventud que no se quedará de brazos cruzados, que cambiará todo lo que es México y el mundo, que revolucionará a la sociedad como nadie nunca la cambió. Es el tiempo de los chavos en onda. Pero Juan no parece entenderlo. 

——Su mirada se fija en los coches que atraviesan Reforma a alta velocidad. Atraviesan la ciudad con sus faros resplandecientes, opacados por la efigie del Jaguar, el escudo Porsche o la V y W. 

——Sus pies están bien clavados al suelo; fijos e inmóviles, lo hacen parecer una estatua. Sus dedos sostienen con fuerza el vaso con limonada mineral, que paladea con disgusto, tratando de ignorar el glenfiddich que le puso para calmarse un poco. 

——Camina, juega con el pasto y sube la cabeza para mirar las estrellas, como si le fuesen a confesar algo, el secreto más oculto del universo. 

——Llego por detrás, lo tomo del hombro, tratando de no arrugar más su ya arrugada camisa, disimulada por el suéter de lana. Y vocifero:

———¿Ninguno de tus europeos a dos metros bajo tierra te enseñó cómo cotorrearle a una chava?

———Claro que sí —ríe un poco. Me alegro. Es la primera vez en toda la noche que lo hace. Las arrugas de su rostro se vuelven como si quisiera reír. —De sobra tengo.

———¿Quiénes? —le sigo el juego.

———Kierkegaard, y su Diario de un seductor. Schopenhauer, y su Arte de tratar con las mujeres.

———¿Y ninguno de cómo actuar cuando su padre está muerto y quieres acercarte en pleno servicio funerario?

——Su rostro cambia rápidamente de expresión. Está enojado. Entiendo por qué. Genuinamente, me he pasado. ¿Por qué soy tan idiota?

———Disculpa, no era mi intención…

———Freud. Dice algo sobre los complejos; el de Edipo y Electra. El hombre busca a su madre y la mujer a su padre en su pareja —responde con seriedad, aunque entiendo no está indignado, solo lo ha tomado por sorpresa tan desagradable comentario. 

———Algo es algo…

———Sí, algo es algo…

——Ambos caemos en el silencio. Escuchamos el luto dentro de la casa con paredes de cristal. Volteo el rostro y miro a Paulina, siendo abrazada por sus amigos, sus familiares, tanta gente dándole su apoyo, consolándole, diciéndole que están a su disposición y que, si bien, no suplirán el papel de su padre que le faltará toda la vida, le darán lo que puedan y más, para hacer de esta carga menos pesada. Lo entiendo entonces. Ella es una persona diferente, de la alta clase mexicana, a la que solo conocemos por la misma escuela a la que vamos, la que con trabajos nuestros padres pueden pagar con su buen sueldo. No pertenecemos a aquí, pero lo intentamos, sea como sea lo intentamos.

———Yo creo que ya me voy yendo. 

———¿Por qué?

———Nada más. No tengo que estar más tiempo aquí. Se está haciendo tarde.

——Su respuesta es seca, cae como el agua sobre la ciudad en verano, inunda el alma como inunda a las calles, y es dolorosa, como el dolor de los días fríos arruinados por el agua desparramada entre las banquetas. 

——Tira el contenido de su vaso al suelo. Da media vuelta. Camina. Lentamente entra en la casa de paredes de cristal. Avanza entre la multitud. Fija su vista en Paulina, y baja la mirada, como si de un perro perdido se tratase. Ella lo excusa, intenta no mirar su presencia. Él no dice nada, da media vuelta y, sin despedirse de alguien, se va. 

——Sus pasos son largos, lentos. La tierra como si de un terremoto se tratase. Atraviesa la puerta de madera y se va.

——Yo espero. No sé qué espero, pero espero. Uno a uno todos se marchan. Poco a poco el lugar se queda solo. Dentro de la casa solo queda Paulina, su madre y su abuela. 

——Entro a la casa. Mecánicamente, entrego el pésame; aunque realmente no lo siento. Me retiro lentamente del lugar. Siento una pena honda en el corazón, como si estuviera vacío; como si nunca hubiese tenido uno y el día que finalmente me lo entregaran fuera un corazón totalmente vacío.

——Me voy del lugar. Paso a paso me voy del lugar. Me alejo lo más que puedo de la casa mientras el corazón sigue dando vueltas y vueltas. 

——Trato de convencerme de lo que es y de lo que no es. Trato de convencerme de que estoy aquí por algo, de que todo significa algo. Trato de olvidarme por un momento de la belleza de las chamacas y lo pendejo que es Juan, pero también lo pendejo que soy yo: lleno de historias falsas y vacías, viviendo a la sombra de una mentira. Y me pregunto si así será mi vida entera: una mentira. Nada importa a estas alturas, supongo. Nada. Solo decir qué bonita que es Reforma. E intento convencerme de qué bonita que es la vida. 

Créditos de imagen

Sin título. J. T. Curz, 2023

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Cómo citar (APA 7)

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A José Agustín

 

———Ya te dije que le hables —le repito por cuarta vez.

———¿Para qué? ¿Para que me mande por un tubo? No muchas gracias, suficientes tonterías tengo para cargarme más —rezonga.

———¿Cuál es el miedo? —cuestiono observando ya una obstinación excesiva, una necedad enferma. —¿Qué es lo peor que te puede decir? ¿Que no? Te buscas otra chavita y ya, listo. 

———No es tan sencillo como crees —bebe un trago: bacardí y soda. 

———Sí, lo es. Chavos más tontos que tú han salido con ella; no te menosprecies. Cuántas veces no lo he hecho yo con muchas chavitas, y mira: al mil, mi buen.

———Tú eres tú, yo soy yo. Y soy… soy alguien que no vale la pena —cada vez noto más ese desprecio por él mismo, como un odio dentro de sí que no se decide a soltar. 

———¿Quién te dice eso?

———Todos, prácticamente desde el día de mi nacimiento. Desde que tengo memoria, al menos. No he conocido a nadie que no piense así de mí: que no valgo ni un centavo —toma su bebida y se aleja de la multitud. Le miro extraño, lleva ya una semana en ese plan: saltándose clases para fumar yerbabuena frente a la preparatoria, llegando a su casa tarde completamente ebrio luego de una reunión tranquila en la que se afanó por descontrolarse, o despotricando cosa y media afuera de los salones de baile, negándose a interactuar con las chavitas como con los demás, a bailar rock and roll, comportándose como un necio, un viejo decrépito y remiso que, pareciera, no entiende qué onda con nuestra onda. Y no lo entiendo, antes no era así.

——La vida de Juan cambió drásticamente el veinticinco de octubre del año pasado. Su padre se separó de su madre. Fue algo que lo conmocionó mucho, demasiado tal vez. No estábamos acostumbrados a cosas así. Habíamos escuchado que el papá de fulanito o menganito engañaba a su esposa con alguna otra mujer, alguna secretaria jóven, algo por el estilo; o que tenía otra familia en algún barrio bajo de la ciudad, que se iba luego a viajes de trabajo y realmente visitaba a su esposa e hijos en algún otro estado de provincia. Pero que tuviese el viejo el descaro de abandonar a su mujer y a su hijo por otra, no era algo de todos los días, todos los meses o todos los años. 

——Creo que muchos no estaban preparados aún para ello. Creían todavía en el amor romántico de los boleros de Agustín Lara.  Que solamente una vez amarían en la vida, que esperarían con fervor bajo las luces del farolito a la bien amada asomarse por la ventana para darle un pedazo de su corazón. Algo por el estilo. Debieron entender, tal vez, que los tiempos estaban y están cambiando. 

——Desde aquel día, Juan no fue el mismo. Adiós a las chamacas de secundaria, a andar con La Plaga, Pólvora o la Hiedra Venenosa. Nunca salía con nosotros, todo el tiempo encerrado en su habitación, escuchando a John Coltrane y Miles Davies en su tocadiscos, y leyendo a rusos y franceses viejos y muertos: desde un tal Dostoievsky a un tal Flaubert, y no sé qué tanta cosa y media. 

——Y sí, lo entiendo. No es para nada sufrir una decepción así, lo sé. No tengo experiencia en el tema. Con trabajo mi familia está unida, todas las mañanas hay discusiones por culpa de alguno de los animales de mis hermanos, y es bien sabido por medio Distrito Federal que mi papá tiene a otra mujer en Hidalgo, pero para lo que me ha llegado a importar. Eso es nada. Soy chavo, caray, y tengo harta vida por delante. Años y años. Y si bien no soy un ignorante ni mucho menos, tampoco pienso quedarme en los tabicotes que cargan bajo su brazo los maestros o los acetatos de Los Panchos y Pedro Infante en la sala de estar. No, hay más. 

——Somos chavos en onda, chavos que quieren vivir. No como nuestros padres, dándose de golpes en el hecho y persignándose al derecho y al revés y al revés y al derecho, ni pegado a la cocina ni al escritorio. Para nada. Es la edad de la rebeldía, del rock. De salir con los cuates en uno que otro coche prestado para sacar a las chavitas a bailar. De escuchar a todo volumen a los grandes entre los grandes: a los Beatles, los Rolling, los Doors, y hasta a los nacionales: a César Costa, Enrique Guzmán, Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo, Alberto Vázquez y, total, hasta a Angélica María. Es la época en que se habla de los nuevos: de José, de Parme, de Sainz. Este es el grito de la juventud, una juventud que no se quedará de brazos cruzados, que cambiará todo lo que es México y el mundo, que revolucionará a la sociedad como nadie nunca la cambió. Es el tiempo de los chavos en onda. Pero Juan no parece entenderlo. 

——Su mirada se fija en los coches que atraviesan Reforma a alta velocidad. Atraviesan la ciudad con sus faros resplandecientes, opacados por la efigie del Jaguar, el escudo Porsche o la V y W. 

——Sus pies están bien clavados al suelo; fijos e inmóviles, lo hacen parecer una estatua. Sus dedos sostienen con fuerza el vaso con limonada mineral, que paladea con disgusto, tratando de ignorar el glenfiddich que le puso para calmarse un poco. 

——Camina, juega con el pasto y sube la cabeza para mirar las estrellas, como si le fuesen a confesar algo, el secreto más oculto del universo. 

——Llego por detrás, lo tomo del hombro, tratando de no arrugar más su ya arrugada camisa, disimulada por el suéter de lana. Y vocifero:

———¿Ninguno de tus europeos a dos metros bajo tierra te enseñó cómo cotorrearle a una chava?

———Claro que sí —ríe un poco. Me alegro. Es la primera vez en toda la noche que lo hace. Las arrugas de su rostro se vuelven como si quisiera reír. —De sobra tengo.

———¿Quiénes? —le sigo el juego.

———Kierkegaard, y su Diario de un seductor. Schopenhauer, y su Arte de tratar con las mujeres.

———¿Y ninguno de cómo actuar cuando su padre está muerto y quieres acercarte en pleno servicio funerario?

——Su rostro cambia rápidamente de expresión. Está enojado. Entiendo por qué. Genuinamente, me he pasado. ¿Por qué soy tan idiota?

———Disculpa, no era mi intención…

———Freud. Dice algo sobre los complejos; el de Edipo y Electra. El hombre busca a su madre y la mujer a su padre en su pareja —responde con seriedad, aunque entiendo no está indignado, solo lo ha tomado por sorpresa tan desagradable comentario. 

———Algo es algo…

———Sí, algo es algo…

——Ambos caemos en el silencio. Escuchamos el luto dentro de la casa con paredes de cristal. Volteo el rostro y miro a Paulina, siendo abrazada por sus amigos, sus familiares, tanta gente dándole su apoyo, consolándole, diciéndole que están a su disposición y que, si bien, no suplirán el papel de su padre que le faltará toda la vida, le darán lo que puedan y más, para hacer de esta carga menos pesada. Lo entiendo entonces. Ella es una persona diferente, de la alta clase mexicana, a la que solo conocemos por la misma escuela a la que vamos, la que con trabajos nuestros padres pueden pagar con su buen sueldo. No pertenecemos a aquí, pero lo intentamos, sea como sea lo intentamos.

———Yo creo que ya me voy yendo. 

———¿Por qué?

———Nada más. No tengo que estar más tiempo aquí. Se está haciendo tarde.

——Su respuesta es seca, cae como el agua sobre la ciudad en verano, inunda el alma como inunda a las calles, y es dolorosa, como el dolor de los días fríos arruinados por el agua desparramada entre las banquetas. 

——Tira el contenido de su vaso al suelo. Da media vuelta. Camina. Lentamente entra en la casa de paredes de cristal. Avanza entre la multitud. Fija su vista en Paulina, y baja la mirada, como si de un perro perdido se tratase. Ella lo excusa, intenta no mirar su presencia. Él no dice nada, da media vuelta y, sin despedirse de alguien, se va. 

——Sus pasos son largos, lentos. La tierra como si de un terremoto se tratase. Atraviesa la puerta de madera y se va.

——Yo espero. No sé qué espero, pero espero. Uno a uno todos se marchan. Poco a poco el lugar se queda solo. Dentro de la casa solo queda Paulina, su madre y su abuela. 

——Entro a la casa. Mecánicamente, entrego el pésame; aunque realmente no lo siento. Me retiro lentamente del lugar. Siento una pena honda en el corazón, como si estuviera vacío; como si nunca hubiese tenido uno y el día que finalmente me lo entregaran fuera un corazón totalmente vacío.

——Me voy del lugar. Paso a paso me voy del lugar. Me alejo lo más que puedo de la casa mientras el corazón sigue dando vueltas y vueltas. 

——Trato de convencerme de lo que es y de lo que no es. Trato de convencerme de que estoy aquí por algo, de que todo significa algo. Trato de olvidarme por un momento de la belleza de las chamacas y lo pendejo que es Juan, pero también lo pendejo que soy yo: lleno de historias falsas y vacías, viviendo a la sombra de una mentira. Y me pregunto si así será mi vida entera: una mentira. Nada importa a estas alturas, supongo. Nada. Solo decir qué bonita que es Reforma. E intento convencerme de qué bonita que es la vida. 

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Sin título. J. T. Curz, 2025.

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