top of page

Cuando la esperma en olas de ese mar sodomita le arrebató de cuajo su secreto. 

 

—Pedro Lemebel

 

Una luz blanca se encendió de pronto en la casa de enfrente. Supuse que se trataba de José celebrando con alguna de sus putas. No escatimaba en nada cuando había que gastar en cosas de ese tipo. Si su vida sufría la emoción de alguna novedad, tal vez un logro mínimo o una buena noticia que lograba cruzar su teléfono fijo, se emborrachaba hasta la última uña con una cerveza avinagrada que sacaba de la entraña más recóndita de su alacena para que, una vez entrado en calor, llevara la fiesta hasta su colchón de hombre mustio con unas dos o tres prostitutas de esas que tanto le gustaban. En una ocasión le pregunté por qué lo hacía, pero no supo decirme, pues aquello era un secreto de confesión, según él. En lugar de responder desvió los ojos, se tronó los anulares y escupió una flema grotesca cerca de la lengua de mi zapato. Desde entonces, cada que veo el reflejo blanquecino de su foco palpitante atravesando la ventana de cristal traslúcido, me limito a santiguarme y encender un cirio en la esquina del altar para que Dios lo auxilie y no contraiga alguna enfermedad venérea, por tantas porquerías que hace.

——Es contemporáneo mío. Somos de la misma edad. Él era uno de esos muchachos enrollados sobre sí que parece que traen toda la tristeza del mundo depositada debajo de sus párpados ojerosos, uno de esos que no pueden orinar si hay más hombres presentes en el mismo sanitario o si alguien más está ocupando el mingitorio de al lado. Hace muchos años, cuando José rondaba los quince, lo ayudé a destruir un nido de gatos que se había avecindado encima de su techo y que por las noches no lo dejaba dormir. Los muy desgraciados maullaban y tiraban zarpazos al concreto hasta que la radio reproducía la primera canción del día. Para deshacernos de ellos hubo que tenderles una emboscada. La tarde anterior, se la pasó durmiendo, meciéndose en la hamaca mientras columpiaba sus pies descalzos. Hacía mucho sol. Sus brazos trigueños asomaban a través de una camiseta transparente sin mangas, y un pantalón recortado, que le llegaba hasta medio muslo, permitía avistar unas piernas adánicas repletas de vellos que se unían armónicamente hasta la zona superior de los tobillos. Intenté despertarlo en numerosas ocasiones, pensando que se nos estaba haciendo tarde, pero sólo conseguí que me dijera un deja de estar chingando acompañado de una buena bofetada que me dejó la mejilla irritada. Después de comer, tomamos cada uno el lugar que le correspondía para detectar por dónde se subían los gatos, contar cuántos eran y saber cuántos más estaban por nacer para que entonces nada fallara y pudiéramos cerrarles todas las rutas de escape. Luego de tres cuartos de hora una gata saltó desde un tumulto de trebejos que estaban apilados en el muro opuesto. Su pelaje era abigarrado, no tenía un color uniforme sino más bien una mezcla de tonos discordantes que no hacían juego entre ellos. —Esta viene preñada, seguramente se fue de puta—, dijo José dirigiéndose a mí y señalando con el índice a la hembra cuyo vientre estaba a poco de reventar, —cuando las gatas buscan macho, se trepan a las azoteas y se dejan coger por el primer gato que encuentran. Con una expresión extraña de placer impresa en su rostro, terminó de aclararme cómo era que los gatos entraban en celo, al tiempo que se mordía el labio inferior sin apartar su vista de mí. Con el transcurso de las horas fueron llegando cada vez más gatos. Contamos diez en total, pero todo apuntaba a que la única hembra era esa que vimos primero. José me explicó que la putería felina de la gata escaló a tal extremo, que ahora vivía en amasiato con los otros nueve gatos. Cuando comenzó a oscurecer, subió muy cerca del nido, y en un abrir y cerrar de ojos atrapó a la gata y la encerró en una jaula improvisada fabricada con madera apolillada. Mientras palpaba el vientre inflamado y rojizo del animal, puso sobre mí una mirada muy distinta a la de siempre: repentinamente se le fue la desolación que cargaba en la jeta y su expresión se hizo otra. Con una mano erizaba los pelos de la gata, que ahora ronroneaba, y con la otra, que estaba desocupada, tocaba su entrepierna con deslizamientos bruscos al tiempo que me lanzaba gestos obscenos y carantoñas. 

* * * 

——Una llovizna muy densa bañaba la banqueta. Acudí, con un sentimiento de zozobra descansando en mis hombros, a la miscelánea más cercana. Antes de entrar metí la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón para extraer unos centavos que me alcanzaran para el estipendio de un cigarro. Una vez en el mostrador, pedí un Raleigh. El dependiente arqueó las cejas y no me prestó atención. Aclaré la garganta con un trago de saliva y me sorprendí al saber que había pedido una marca de tabaco que ya ni siquiera existía. Desaparecí fumando un Winston y me apresuré para llegar a casa. Todo estaba en silencio. Recogí la nota del casero, en la que se me solicitaba liquidar el mes corriente a más tardar en dos días, le pasé la vista y la arrugué con fuerza. Memoricé la cantidad que debía y revisé el interior de la cartera. Solamente encontré un montón de tickets de supermercado y dos o tres tarjetas con números telefónicos. Menté la madre. No estaba dispuesto a pagar un solo peso. Saqué una silla al balcón y tomé asiento. Las luces de la ciudad se volatizaban a lo lejos, en el aire húmedo de la llovizna. Los sonidos de las sirenas de ambulancia daban un sabor de atmósfera muriendo. Dirigí la mirada hacia la ventana del baño de la casa contraria. Algo se descompuso en mi cabeza cuando percibí que había dos sombras masculinas detrás.

 * * *

 

——Recibí una llamada. El timbre del teléfono me aturdió un momento. Llamé dos veces frente a la puerta de José. Alguien abrió desde adentro, forzando la manija. Un estupor me mantuvo en una sola pieza. Salió un varón que no pasaba los dieciocho y pasó a mi lado sin decir nada. No pude distinguir quién era.

——José me invitó a entrar. Para no violar su secreto de confesión no me atreví a preguntar quién era el sujeto que estuvo allí antes que yo y qué había hecho con él. Conversamos durante casi una hora sobre asuntos que no tenían importancia. Él se comportaba de manera inusual desde que enviudó. Ahora que lo pienso, creo que en realidad se casó para guardar las apariencias. Así como su difunta esposa, las prostitutas que visitaban su hogar también eran un señuelo de una monstruosidad que, contra todo pronóstico, se empeñaba en esconder. La radio comenzó a reproducir una canción —decía algo como cuánta ciudad/ cuánta sed/ y tú, un hombre solo— y la mano fornida de José comenzó a moverse sobre mi pierna. —Y tú, ¿jalas?—, me preguntó sin inmutarse. Antes de que pudiera contestar ya estaba encima de mí con una avidez insaciable de querer ser sodomizado. —El mundo es de las putas—, exclamó con una voz ahogada. Afuera se soltó un viento huracanado que hacía chocar las ventanas contra su armazón. El sonido de muchas macetas que se hacen añicos rompió contra mis tímpanos. 

——La alarma de las 07:00 timbró por fin. Encontré el almuerzo, ya frío, puesto sobre el buró. No había ni rastro de José por toda la estancia. Me dispuse a vestirme y marcharme de allí. La niebla ocultaba los focos de las construcciones vecinas. Un gato siamés, arañado y sarnoso por tantas peleas callejeras, terminaba de ingerir lo que quedaba de una ardilla muerta. 

——Antes de cerrar la puerta vi un sobre amarillo a medio abrir en la mesa de centro. Era un diagnóstico del doctor Mandujano, médico muy reputado en los tugurios maricones, que yo conocía muy bien, por su increíble habilidad para sanar cosas como la sífilis. El parte médico constaba de dos hojas. Lo examiné a detalle, casi con el ojo de cualquier enfermero que espera hallar la raíz del mal que azota a algún enfermo para luego salvarlo e impedir que conozca a Dios cara a cara. En la última sección, un enunciado atrajo mi vista. Estornudé sorpresivamente. Leí letra por letra. Parecía un rótulo publicitario porque estaba escrito en una tipografía muy comercial de color rojo. En letras grandes, decía, positivo para VIH

Créditos de imagen

Sin título. J. T. Curz, 2025. 

Leer en PDF

Cómo citar (APA 7)

Add paragraph text. Click “Edit Text” to update the font, size and more. To change and reuse text themes, go to Site Styles.

DSC_0110-2.jpg

Leer en PDF

​Número completo

Cuando la esperma en olas de ese mar sodomita

 le arrebató de cuajo su secreto. 

 

—Pedro Lemebel

 

Una luz blanca se encendió de pronto en la casa de enfrente. Supuse que se trataba de José celebrando con alguna de sus putas. No escatimaba en nada cuando había que gastar en cosas de ese tipo. Si su vida sufría la emoción de alguna novedad, tal vez un logro mínimo o una buena noticia que lograba cruzar su teléfono fijo, se emborrachaba hasta la última uña con una cerveza avinagrada que sacaba de la entraña más recóndita de su alacena para que, una vez entrado en calor, llevara la fiesta hasta su colchón de hombre mustio con unas dos o tres prostitutas de esas que tanto le gustaban. En una ocasión le pregunté por qué lo hacía, pero no supo decirme, pues aquello era un secreto de confesión, según él. En lugar de responder desvió los ojos, se tronó los anulares y escupió una flema grotesca cerca de la lengua de mi zapato. Desde entonces, cada que veo el reflejo blanquecino de su foco palpitante atravesando la ventana de cristal traslúcido, me limito a santiguarme y encender un cirio en la esquina del altar para que Dios lo auxilie y no contraiga alguna enfermedad venérea, por tantas porquerías que hace.

——Es contemporáneo mío. Somos de la misma edad. Él era uno de esos muchachos enrollados sobre sí que parece que traen toda la tristeza del mundo depositada debajo de sus párpados ojerosos, uno de esos que no pueden orinar si hay más hombres presentes en el mismo sanitario o si alguien más está ocupando el mingitorio de al lado. Hace muchos años, cuando José rondaba los quince, lo ayudé a destruir un nido de gatos que se había avecindado encima de su techo y que por las noches no lo dejaba dormir. Los muy desgraciados maullaban y tiraban zarpazos al concreto hasta que la radio reproducía la primera canción del día. Para deshacernos de ellos hubo que tenderles una emboscada. La tarde anterior, se la pasó durmiendo, meciéndose en la hamaca mientras columpiaba sus pies descalzos. Hacía mucho sol. Sus brazos trigueños asomaban a través de una camiseta transparente sin mangas, y un pantalón recortado, que le llegaba hasta medio muslo, permitía avistar unas piernas adánicas repletas de vellos que se unían armónicamente hasta la zona superior de los tobillos. Intenté despertarlo en numerosas ocasiones, pensando que se nos estaba haciendo tarde, pero sólo conseguí que me dijera un deja de estar chingando acompañado de una buena bofetada que me dejó la mejilla irritada. Después de comer, tomamos cada uno el lugar que le correspondía para detectar por dónde se subían los gatos, contar cuántos eran y saber cuántos más estaban por nacer para que entonces nada fallara y pudiéramos cerrarles todas las rutas de escape. Luego de tres cuartos de hora una gata saltó desde un tumulto de trebejos que estaban apilados en el muro opuesto. Su pelaje era abigarrado, no tenía un color uniforme sino más bien una mezcla de tonos discordantes que no hacían juego entre ellos. —Esta viene preñada, seguramente se fue de puta—, dijo José dirigiéndose a mí y señalando con el índice a la hembra cuyo vientre estaba a poco de reventar, —cuando las gatas buscan macho, se trepan a las azoteas y se dejan coger por el primer gato que encuentran. Con una expresión extraña de placer impresa en su rostro, terminó de aclararme cómo era que los gatos entraban en celo, al tiempo que se mordía el labio inferior sin apartar su vista de mí. Con el transcurso de las horas fueron llegando cada vez más gatos. Contamos diez en total, pero todo apuntaba a que la única hembra era esa que vimos primero. José me explicó que la putería felina de la gata escaló a tal extremo, que ahora vivía en amasiato con los otros nueve gatos. Cuando comenzó a oscurecer, subió muy cerca del nido, y en un abrir y cerrar de ojos atrapó a la gata y la encerró en una jaula improvisada fabricada con madera apolillada. Mientras palpaba el vientre inflamado y rojizo del animal, puso sobre mí una mirada muy distinta a la de siempre: repentinamente se le fue la desolación que cargaba en la jeta y su expresión se hizo otra. Con una mano erizaba los pelos de la gata, que ahora ronroneaba, y con la otra, que estaba desocupada, tocaba su entrepierna con deslizamientos bruscos al tiempo que me lanzaba gestos obscenos y carantoñas. 

 

* * * 

 

——Una llovizna muy densa bañaba la banqueta. Acudí, con un sentimiento de zozobra descansando en mis hombros, a la miscelánea más cercana. Antes de entrar metí la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón para extraer unos centavos que me alcanzaran para el estipendio de un cigarro. Una vez en el mostrador, pedí un Raleigh. El dependiente arqueó las cejas y no me prestó atención. Aclaré la garganta con un trago de saliva y me sorprendí al saber que había pedido una marca de tabaco que ya ni siquiera existía. Desaparecí fumando un Winston y me apresuré para llegar a casa. Todo estaba en silencio. Recogí la nota del casero, en la que se me solicitaba liquidar el mes corriente a más tardar en dos días, le pasé la vista y la arrugué con fuerza. Memoricé la cantidad que debía y revisé el interior de la cartera. Solamente encontré un montón de tickets de supermercado y dos o tres tarjetas con números telefónicos. Menté la madre. No estaba dispuesto a pagar un solo peso. Saqué una silla al balcón y tomé asiento. Las luces de la ciudad se volatizaban a lo lejos, en el aire húmedo de la llovizna. Los sonidos de las sirenas de ambulancia daban un sabor de atmósfera muriendo. Dirigí la mirada hacia la ventana del baño de la casa contraria. Algo se descompuso en mi cabeza cuando percibí que había dos sombras masculinas detrás.

 * * *

——Recibí una llamada. El timbre del teléfono me aturdió un momento. Llamé dos veces frente a la puerta de José. Alguien abrió desde adentro, forzando la manija. Un estupor me mantuvo en una sola pieza. Salió un varón que no pasaba los dieciocho y pasó a mi lado sin decir nada. No pude distinguir quién era.

——José me invitó a entrar. Para no violar su secreto de confesión no me atreví a preguntar quién era el sujeto que estuvo allí antes que yo y qué había hecho con él. Conversamos durante casi una hora sobre asuntos que no tenían importancia. Él se comportaba de manera inusual desde que enviudó. Ahora que lo pienso, creo que en realidad se casó para guardar las apariencias. Así como su difunta esposa, las prostitutas que visitaban su hogar también eran un señuelo de una monstruosidad que, contra todo pronóstico, se empeñaba en esconder. La radio comenzó a reproducir una canción —decía algo como cuánta ciudad/ cuánta sed/ y tú, un hombre solo— y la mano fornida de José comenzó a moverse sobre mi pierna. —Y tú, ¿jalas?—, me preguntó sin inmutarse. Antes de que pudiera contestar ya estaba encima de mí con una avidez insaciable de querer ser sodomizado. —El mundo es de las putas—, exclamó con una voz ahogada. Afuera se soltó un viento huracanado que hacía chocar las ventanas contra su armazón. El sonido de muchas macetas que se hacen añicos rompió contra mis tímpanos. 

——La alarma de las 07:00 timbró por fin. Encontré el almuerzo, ya frío, puesto sobre el buró. No había ni rastro de José por toda la estancia. Me dispuse a vestirme y marcharme de allí. La niebla ocultaba los focos de las construcciones vecinas. Un gato siamés, arañado y sarnoso por tantas peleas callejeras, terminaba de ingerir lo que quedaba de una ardilla muerta. 

——Antes de cerrar la puerta vi un sobre amarillo a medio abrir en la mesa de centro. Era un diagnóstico del doctor Mandujano, médico muy reputado en los tugurios maricones, que yo conocía muy bien, por su increíble habilidad para sanar cosas como la sífilis. El parte médico constaba de dos hojas. Lo examiné a detalle, casi con el ojo de cualquier enfermero que espera hallar la raíz del mal que azota a algún enfermo para luego salvarlo e impedir que conozca a Dios cara a cara. En la última sección, un enunciado atrajo mi vista. Estornudé sorpresivamente. Leí letra por letra. Parecía un rótulo publicitario porque estaba escrito en una tipografía muy comercial de color rojo. En letras grandes, decía, positivo para VIH

Créditos de imagen

Sin título. J. T. Curz, 2025.

​Cómo citar (APA 7)

Add paragraph text. Click “Edit Text” to update the font, size and more. To change and reuse text themes, go to Site Styles.

Leer en PDF

bottom of page