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Donde la muerte no existe

Cuento

Publicado: Mayo 26, 2026

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Apellido, J. (Año). Título. Revista Baormos, volumen(número), página inicial-página final. Link 

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C. e. a.

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Donde la muerte no existe

Cuento

Publicado: Mayo 26, 2026

​En centurias anteriores, se usaba el lacre sellado para impedir que las cartas de personas importantes fueran abiertas por manos desautorizadas. En el siglo XX, en cambio, las cartas personales iban cerradas y engomadas porque estaban destinadas. Este tipo de epístolas establecían una relación afectiva, formaban un vínculo. Por su parte, las cartas comerciales son, incluso ahora, impersonales, mucho más llenas de fórmulas, pero van al grano. Económicas y directas, aunque también siguen la fórmula del nombre del destinatario a la cabeza. El receptor suele recibir un tratamiento peculiar: desde el primer renglón se le indica que es objeto de nuestro respeto y reconocimiento: Querida María, Estimado señor Pérez, Muy señor mío. Luego viene un párrafo protocolario de buenos deseos: Espero que te encuentres bien en compañía de tus seres queridos. Y apenas entonces empieza la carta.

​ Una vez desarrollado el núcleo del mensaje, la misiva concluye con otra norma de rigor: la despedida, que en la jerga comercial acuña frases de increíble retórica: Sin más por el momento, le reitero las seguridades de mi más distinguida consideración. Mientras que las cartas personales contienen la expresión del deseo vivo de volver a ver a la persona, de volver a besarla, tocarla, sentirla. Y por último el remate: tuyo por siempre, Por mi raza hablará el espíritu o atentamente: firma. Después hay que tomar un sobre, lamer la goma, cerrarlo, escribir el remitente en la orilla superior izquierda y el destinatario en el centro. Luego llega el momento de pegar la estampilla (otra vez, lamerla antes), esa pequeñísima obra de arte encargada para celebrar descubrimientos, efemérides, momentos festivos, o conmemorar ocasiones funestas o personalidades de estadistas más o menos ego-centrados. Finalmente, se deposita la carta en el buzón o se lleva a la oficina de correos para certificarla y enviarla.

​ Pero puede ocurrir cualquier cosa. La correspondencia se pierde con enorme facilidad. Una vez depositado en el buzón de correo, el frágil envoltorio de papel inicia un periplo. Puede tardar semanas o meses en llegar a su destino, depende del clima, de la situación geopolítica, de la efectividad de la burocracia, del estado de los caminos, de las piernas del cartero, del azar repetido en cada paso.

​ La gente escribe cartas porque las necesita. La gente espera semanas y meses y, a veces, espera inútilmente. La carta se perdió en alguno de los puntos. El timbre no pagó la tarifa necesaria. La dirección estaba mal o la letra era ilegible o el destinatario se cambió de casa y no dejó sus señas. O hubo un naufragio, un incendio, un terremoto, una guerra o una sublevación. Que llegara la carta en tiempo y forma era un milagro. El correo, que ahora está en vías de extinción al sustituirlo por el correo electrónico, por el WhatsApp, por el teléfono, transportaba prodigios.

​ En el siglo pasado, hubo profesionales de la escritura de cartas. Había manuales que incluían modelos para toda ocasión. Las misivas pueden ser sumamente informativas, o sólo expresar la inmensa nostalgia que nos produce una ausencia, o mantener la ficción de la familia entre personas separadas por las guerras, los exilios, las migraciones. En los manuales de cartas amorosas, hay ejemplos para iniciar, continuar, pausar o terminar con una relación de la manera más pacífica posible. El mensaje se escribía mediante recetas bien estudiadas que los profesionales conocían a la perfección. En la Ciudad de México, la gente que no sabía leer y escribir recurría a los evangelistas de Santo Domingo en busca de auxilio. Mediante las epístolas se concertaban matrimonios, se cerraban negocios, se determinaban destinos.

​ La gente cuidaba con esmero el arte de escribir cartas y las guardaba. Mi abuelo conservaba en una carpeta la correspondencia recibida y las copias al carbón de las misivas que envió a España de manera regular durante todo el exilio y hasta la muerte de las personas correspondientes. No sé qué ocurrió con esas cartas. La mayoría se pierden en las mudanzas o por la firme voluntad de los deudos de hacer limpieza de los restos. Se pierden porque tienen un interés individual, particular, temporal y relativo. Además, porque la mayor parte de la gente que tuvo correspondencia durante el siglo pasado o los anteriores no necesariamente estaba pensando en la sobrevivencia de esos textos coyunturales, situacionales, de lenguajes cifrados, de contextos perdidos.

​ La gente no tan común ni tan corriente, esto es, las personas que adquieren alguna celebridad intelectual, artística, política, histórica, si acaso conservan sus cartas, corren el riesgo de la intromisión indiscreta de quienes pretenden reconstruir sus vidas mediante la búsqueda y organización de sus archivos. De esa manera, nos enteramos a posteriori de cosas que quizá nadie quería que supiéramos: quejas, lamentos, infidelidades, reclamos, confabulaciones, mentiras, fraudes. Pequeñas tragedias que producen insomnio en quienes las protagonizan, aunque en realidad las vidas privadas que compartimos en las misivas son más bien planas e intrascendentes, llenas de detalles nimios que sólo adquieren interés cuando sus personajes se vuelven famosos.

​ A veces las cartas de gente famosa se publican como parte de su obra intelectual o como testimonio de vidas tormentosas. Otras veces se resguardan en archivos y hace falta portar credenciales académicas para consultarlas. Las colecciones de misivas que se vuelven libros y están al alcance de todo público tienen interés en la medida en que tienden puentes entre ideas, permiten descifrar personalidades o simplemente están deliciosamente escritas (como las de Rosario Castellanos a Ricardo Guerra). Las que están conservadas en las bibliotecas requieren de la curiosidad de quienes pretenden reconstruir vidas más o menos enigmáticas en biografías más o menos autorizadas (como la imprescindible La reina de espadas de Jazmina Barrera sobre Elena Garro).

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Apellido, J. (Año). Título. Revista Baormos, volumen(número), página inicial-página final. Link

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2024. Sin título. 

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