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Génesis y metamorfosis de un ballet imperial

Ensayo

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Publicado: Agosto 24, 2026

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Inserte texto completo. Aquí un fragmento de un texto al azar. Para los teólogos obtusos, los antropomorfismos de la Biblia son un escollo insalvable. Dios escucha, se pasea, se alegra, se le “hinchan las narices” (traducción literal del modismo hebreo que expresa el enojo) y, sobre todo, se compadece. Aunque la etimología siempre es una herramienta punzocortante que hay que utilizar con cuidado, en este caso puede hacer vislumbrar realidades profundas. La compasión y la misericordia (rajamim, en hebreo; rahmah, en árabe) derivan en todas las lenguas semíticas —vehículos privilegiados de revelación de la religión (concepto cuya etimología es “lo que nos vincula, lo que nos liga, lo que nos sujeta”)— de una realidad muy corpórea: el réjem en hebreo, el rahm en árabe, es decir, el útero en español. Allá donde Atenas y sus exegetas de Occidente hicieron reinar la “histeria” misógina (que desciende en línea recta de la hystéra griega, es decir, el útero), el Dios de la Biblia, y las gentes que pensaron a ese dios, fundamentaron en ese útero materno la raíz misma del amor divino y la expresión insoslayable de la razón de que el mundo mismo exista: el afecto (“Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”).

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Inserte texto completo. Aquí un fragmento de un texto al azar. Para los teólogos obtusos, los antropomorfismos de la Biblia son un escollo insalvable. Dios escucha, se pasea, se alegra, se le “hinchan las narices” (traducción literal del modismo hebreo que expresa el enojo) y, sobre todo, se compadece. Aunque la etimología siempre es una herramienta punzocortante que hay que utilizar con cuidado, en este caso puede hacer vislumbrar realidades profundas. La compasión y la misericordia (rajamim, en hebreo; rahmah, en árabe) derivan en todas las lenguas semíticas —vehículos privilegiados de revelación de la religión (concepto cuya etimología es “lo que nos vincula, lo que nos liga, lo que nos sujeta”)— de una realidad muy corpórea: el réjem en hebreo, el rahm en árabe, es decir, el útero en español. Allá donde Atenas y sus exegetas de Occidente hicieron reinar la “histeria” misógina (que desciende en línea recta de la hystéra griega, es decir, el útero), el Dios de la Biblia, y las gentes que pensaron a ese dios, fundamentaron en ese útero materno la raíz misma del amor divino y la expresión insoslayable de la razón de que el mundo mismo exista: el afecto (“Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”).

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Apellido, A. (Año). Título. Revista Baormos, volumen(número), página inicial-página final. Link 

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C. e. a.

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Génesis y metamorfosis de un ballet imperial

Ensayo

Publicado: Agosto 24, 2026

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Inserte texto completo. Aquí un fragmento de un texto al azar. Para los teólogos obtusos, los antropomorfismos de la Biblia son un escollo insalvable. Dios escucha, se pasea, se alegra, se le “hinchan las narices” (traducción literal del modismo hebreo que expresa el enojo) y, sobre todo, se compadece. Aunque la etimología siempre es una herramienta punzocortante que hay que utilizar con cuidado, en este caso puede hacer vislumbrar realidades profundas. La compasión y la misericordia (rajamim, en hebreo; rahmah, en árabe) derivan en todas las lenguas semíticas —vehículos privilegiados de revelación de la religión (concepto cuya etimología es “lo que nos vincula, lo que nos liga, lo que nos sujeta”)— de una realidad muy corpórea: el réjem en hebreo, el rahm en árabe, es decir, el útero en español. Allá donde Atenas y sus exegetas de Occidente hicieron reinar la “histeria” misógina (que desciende en línea recta de la hystéra griega, es decir, el útero), el Dios de la Biblia, y las gentes que pensaron a ese dios, fundamentaron en ese útero materno la raíz misma del amor divino y la expresión insoslayable de la razón de que el mundo mismo exista: el afecto (“Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”).

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Inserte texto completo. Aquí un fragmento de un texto al azar. Para los teólogos obtusos, los antropomorfismos de la Biblia son un escollo insalvable. Dios escucha, se pasea, se alegra, se le “hinchan las narices” (traducción literal del modismo hebreo que expresa el enojo) y, sobre todo, se compadece. Aunque la etimología siempre es una herramienta punzocortante que hay que utilizar con cuidado, en este caso puede hacer vislumbrar realidades profundas. La compasión y la misericordia (rajamim, en hebreo; rahmah, en árabe) derivan en todas las lenguas semíticas —vehículos privilegiados de revelación de la religión (concepto cuya etimología es “lo que nos vincula, lo que nos liga, lo que nos sujeta”)— de una realidad muy corpórea: el réjem en hebreo, el rahm en árabe, es decir, el útero en español. Allá donde Atenas y sus exegetas de Occidente hicieron reinar la “histeria” misógina (que desciende en línea recta de la hystéra griega, es decir, el útero), el Dios de la Biblia, y las gentes que pensaron a ese dios, fundamentaron en ese útero materno la raíz misma del amor divino y la expresión insoslayable de la razón de que el mundo mismo exista: el afecto (“Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”). Inserte texto completo. Aquí un fragmento de un texto al azar. Para los teólogos obtusos, los antropomorfismos de la Biblia son un escollo insalvable. Dios escucha, se pasea, se alegra, se le “hinchan las narices” (traducción literal del modismo hebreo que expresa el enojo) y, sobre todo, se compadece. Aunque la etimología siempre es una herramienta punzocortante que hay que utilizar con cuidado, en este caso puede hacer vislumbrar realidades profundas. La compasión y la misericordia (rajamim, en hebreo; rahmah, en árabe) derivan en todas las lenguas semíticas —vehículos privilegiados de revelación de la religión (concepto cuya etimología es “lo que nos vincula, lo que nos liga, lo que nos sujeta”)— de una realidad muy corpórea: el réjem en hebreo, el rahm en árabe, es decir, el útero en español. Allá donde Atenas y sus exegetas de Occidente hicieron reinar la “histeria” misógina (que desciende en línea recta de la hystéra griega, es decir, el útero), el Dios de la Biblia, y las gentes que pensaron a ese dios, fundamentaron en ese útero materno la raíz misma del amor divino y la expresión insoslayable de la razón de que el mundo mismo exista: el afecto (“Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”).

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Referencias

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Notas

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Cómo citar

Yáñez Pérez, C. S. (2026). Génesis y metamorfosis de un ballet imperial. Revista Baormos, 1(1), página inicial-página final. Link

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2024. Sin título. 

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